Siembra odios y cosecharás rabias

No me cuento entre quienes se alegran con el abucheo contra el expresidente Álvaro Uribe por parte de campesinos en Boyacá. Más bien me produce tristeza que esté cosechando lo que ha venido siendo una mala siembra: odio y rabia sin límites.

Negarle a Uribe los méritos del pulso firme de su Gobierno es un despropósito. Durante su mandato lo acompañó Juan Manuel Santos —exitoso Ministro de Defensa y hoy Presidente de la República—, y millones de ciudadanos que lo entendieron como la mejor alternativa después del Caguán. Que se haya desmadrado es otra cosa: “chuzadas”, “falsos positivos” y detenciones masivas advierten que ahí, en muchas ocasiones, hubo más mano negra que firme.

No podrá negar el otrora mandatario que su corazón le quedó grande, al menos con los campesinos. Agro Ingreso Seguro, Carimagua, pobreza y atraso generalizado en el campo, son apenas algunos indicadores que confirman lo dicho. Si algo tiene que agradecerle Uribe a su odiado sucesor es que el déficit de generosidad con los campesinos se viene enmendando con “operaciones a corazón abierto”. Antes, la revaluación, los costosísimos insumos, las importaciones indiscriminadas y los créditos priorizados para los ricos, le dejaron al Gobierno del presidente Santos una herencia llena de problemas coronarios que hoy se intenta recuperar.

Así mismo, reconocer que en Colombia no solo hay un problema de terrorismo sino que existe un conflicto armado —como lo hizo Santos— es volver a las víctimas sujetos de derecho y no simplemente seres ambulantes objeto de consideración. Hoy, 300 mil de esas víctimas admiten que la operación esta funcionando. En lugar de protagonizar actos bochornosos —como el del pasado sábado en la plaza de Tunja— este Gobierno ha conversado con los campesinos, sector por sector, hasta llegar al llamado Pacto Agrario. Esto significará la inversión más alta en muchísimo tiempo para el campo —3,4 billones de pesos este año—. También se aprovechará el espacio del Pacto para delinear políticas públicas y de organización social, de manera que lo rural se convierta en una política de Estado, sin andar a los vaivenes del gobierno de turno.

La administración del presidente Santos no trina de la piedra. En lo que se centra es en la solución de problemas. Los cafeteros, entre otros productores, son testigos de que el corazón de este Gobierno no es una víscera, menos cuando los ha subsidiado con cerca de un billón de pesos. Con los campesinos no se juega.

El corazón grande de 2002 fue apenas un anuncio publicitario y debería ser un verdadero compromiso de vida. Por el contrario, se continúa con la tesis de que promover la guerra es la solución al campo —pensamiento propio de un corazón chiquito—. Seguir descalificando lo poco o mucho que se viene haciendo, para superar la “aftosa” que nos dejó el pasado, no deja de ser mezquino. Es propio de la terquedad de una mula desconocer los avances en La Habana en materia de ruralidad, y quienes lo hacen corren el riesgo de convertirse en una vaca muerta en la mitad del camino.

Saber dónde está el corazón de los “ubérrimos” es un reto para quienes tenemos la esperanza de que ellos se suban al tren de la paz. La izquierda colombiana no tuvo reparos en sentarse a manteles con el Presidente para estrechar su mano derecha. ¿Por qué la ultraderecha no hace lo mismo con la mano izquierda del Primer Mandatario? Eso sí sería un gesto contundente de mano firme y corazón grande.

@garzonlucho

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